ANDANZAS DE UN FOTÓGRAFO ANTÁRTICO: Ya es de noche

Parece que nadie repara en ello, concentrados como estamos en “apretarnos” el primer trozo de carne en condiciones después de cuarenta días, pero a través de la ventana del restaurante del hotel la luz de la tarde se va disolviendo lentamente y, después de todos estos días, la oscuridad de la noche envuelve la calle.

La conversación se va animando. Contra todo pronóstico hablamos de vino y comida. Dice un amigo mío, francés, viajero y bon vivant (perfecta combinación) que los españoles somos la única cultura del mundo que habla de comida mientras come. El caso es que pasamos un rato largo discutiendo de vino y de las denominaciones de origen chilenas. Me parece que esto de la travesía de la Antártida nos ha afectado alguna neurona. Pero no, al poco rato ya estamos discutiendo con pasión de nuestra aventura, de los resultados, de nuevos proyectos. Justo coincidiendo con la segunda botella de este espléndido vino chileno. Y esto ocurre por la noche, con un fondo de oscuridad que asoma por las ventanas, esa oscuridad que la Antártida no tiene en verano. Hace unas horas la luz lo inundaba todo, todos los momentos del día llenos de luz. Uno acaba por perder las referencias. Kilómetros y kilómetros recorridos con una disciplina férrea de horarios fuera de la normalidad cotidiana. Cena y desayuno que se confunden en una sola comida que puede ser a la hora del aperitivo. Y depende que turno tengas te sabrá más a desayuno o se parecerá a una cena. Y siempre con luz, y siempre con la inmensidad helada y el frío acechando fuera. Casi cuarenta días llenos de luz, sin noches, en una experiencia única. Atravesando grandes soledades pero siempre acompañado, y tan juntos. La máxima distancia que nos ha separado son los trescientos metros de la línea de nuestra cometa, y esto ya nos parecía mucho. Horas y horas en compañía de mis amigos de aventura, tantas que es probable que sumen más, y más cerca, que las que pasa cualquiera con su pareja en años. Pero todo se acaba, la inmensa Antártida también, es una buena lección de vida, una buena lección para las crisis.

Y la inmensidad y la luz eterna dan paso a la evanescente luz de la tarde chilena cuando bajamos del avión en Punta Arenas. Esto ya es otra cosa, más real, menos sorprendente. La carta del restaurante me aturde un poco ¿todo esto existe para comer? Debe ser que sí porque lo pido y al poco lo tengo sobre la mesa. Y no está liofilizado ni viene en sobre, y todo sin tener que encender el infiernillo ni fundir nieve. En la segunda botella ya estamos haciendo planes de futuro que comparados con la travesía de este año dejan a esta en un juego de niños. Vamos… lo normal.

Yo me abstraigo un momento de la conversación y reparo en la oscuridad de la noche que reina al otro lado de la ventana. Ya ha comenzado la vuelta, el retorno a los días con sus noches, a los claroscuros de la vida menos heroica y más real. Miro a mis compañeros, mis amigos de travesía, y veo que aún siguen desprendiendo la luz de la Antártida. En esa mesa, con esas personas y esos planes de futuro no existe la noche. Yo sé que se pasará, lo he vivido muchas veces, pero esa noche todo es luminoso y la sonrisa de mis amigos es como un pedazo pequeño de la Antártida. Gracias a todos ellos por esta inolvidable travesía.

ANDANZAS DE UN FOTÓGRAFO ANTÁRTICO: Sensaciones

Hace unos meses tuve el privilegio de publicar un artículo sobre una escalada en Alaska en la revista Norteamericana Alpinist. Para mí tuvo muchas cosas buenas, pero sobre todo fue el trato con la editora Katie Ives lo que más me sorprendió y de lo que más enseñanzas extraje.

Con una habilidad profesional propia del mundo anglosajón me fue llevando por mi propio artículo y ayudándome a construir un texto que, aun estando lleno de posibilidades en potencia, yo no habría sabido desarrollar como posteriormente hice con su ayuda. En un momento de la redacción del artículo, cuando le envíe alguna de las numerosas versiones y le pregunté qué le parecía, me contestó más o menos lo siguiente:“está bien, pero es necesario que seas los ojos de nuestros lectores, ellos no han visto los paisajes y los colores que estaban frente a ti y tienes que transmitirles lo que sentiste y lo que fue para ti, esta es la única manera de que ellos entiendan y sientan lo que estas contando y puedan vivir tus mismas sensaciones”. De repente entendí que Katie me estaba pidiendo un relato literario, un artículo en el que las palabras tuvieran la fuerza de comunicar sensaciones y vivencias por sí mismas. Y esto se lo estaba pidiendo a un fotógrafo, a una persona que se expresa sobre todo con imágenes. Tardé meses en concluir el famoso artículo, hubo muchas correcciones y muchos momentos buenos (como el descubrimiento de nuestra coincidencia en Proust y su famosa magdalena), y cuando por fin lo terminé una sensación de plenitud y satisfacción llenaron mi corazoncito de escritor frustrado. El caso es que ahora quiero, como en el artículo de Alpinist, regalaros una foto de todo esto que tenemos a nuestro alrededor pero solo con palabras. Una galería de sensaciones, las mismas que nosotros sentimos todos los días en las frías tierras de la Antártida. Un buen ejercicio es que lo leáis y después cerréis los ojos para poder imaginar cómo es todo esto. Salvo que tengáis a alguien que os lo lea, conviene que lo hagáis por este orden porque cerrar los ojos y leer esta claramente contraindicado. Y hacedlo junto a una estufa.
 
Este sonido forma parte ya de nuestra rutina. Suena a calor y a confort, son nuestros hornillos que casi permanentemente están fundiendo nieve dentro de la tienda: fufufufufufufu… el amarillo de las paredes de tela de nuestra tienda tiñe de tonos cálidos la realidad aquí dentro. Colores cálidos, amables, petates rojos, sacos naranjas, colchonetas verdes. La sopa ya hierve en el cazo encima de uno de los quemadores. El ambiente se llena por un momento de vapor de sopa, desaparece en cuanto Juampa abre la puerta de la tienda para añadir nieve a la cazuela. La otra realidad, la de ahí fuera, está al acecho, esperándonos, pero aún no es la hora de salir. Dentro decenas de cosas nos rodean, parece caos pero no lo es. Casi todo tiene un lugar y este es el mejor o el único posible dentro de este cuadrado de tela de 3×3 m. que se comporta como una batidora cuando el catamarán se pone en  marcha. Ya no existen los olores, por lo menos los nuestros, los humanos. Todo forma parte de esta madriguera que nos cobija y nos pone a cubierto de lo de “fuera”. Podríamos estar en cualquier campamento del Himalaya o de los Andes, podríamos estar en cualquier lugar del planeta, estaríamos igual de cómodos, igual de protegidos. Pero en ningún otro tendríamos la sensación que tenemos aquí de estar “acechados” por esta inmensidad de hielo y desolación. No se puede salir sin guantes, sin gorro, sin botas, no se pude ir a dar un paseo para estirar las piernas, no se puede uno lavar la cara en el arroyo que baja del glaciar, ni podemos ir a charlar un rato con la gente del campamento de al lado para variar de personas. No, aquí todo eso y cien mil cosas más no se pueden hacer y por eso más que en ningún otro lugar del mundo los términos “dentro” y “fuera” se llenan de contenido. Este es un lugar diferente a los demás. Tan solo una cremallera es la barrera que separa estos dos mundos, sin transiciones, sin términos medios.

Suena la cremallera: rurururururururururu… la luz lo inunda todo, los ojos necesitan unos segundos para adaptarse a esta otra realidad. La mitad del cuerpo, que aún está en la tienda se resiste a salir, no me extraña: -25º. Te incorporas con dificultad, tanta ropa encima no ayuda, ni un centímetro de piel sin cubrir (fue un error no ponerte la máscara, en minutos los mocos sobre el bigote son hielo puro). Miras a la derecha: nada, a la izquierda nada. No hay opción, es nuestro turno y nos toca navegar, nos toca estar “fuera”, en esta otra realidad. Hablamos lo justo (¿dónde escuche que de frío se helaban las palabras?), cada uno sabe lo que tiene que hacer. El cuerpo encapsulado en múltiples capas de ropa se resiste a perder el calor del que hace poco disfrutaba en la tienda. Pero poco a poco se irá marchando, una cremallera mal cerrada, un guante con holgura, un calcetín húmedo del día anterior y horas parados encima del trineo manejando la cometa son un coctel explosivo. Tienes frío, tarde o temprano siempre tienes frío. Poco a poco vamos recorriendo kilómetros, muchos kilómetros. Miro a la derecha: nada, a la izquierda: nada. Todo ocurre dentro de nuestras cabezas, Ramón dice “la exploración polar es un estado mental”, así es. El tono del omnipresente blanco va cambiando en función de la posición del sol, nuestro turno de navegación se acaba.

Rurururururururru… nuestra cremallera, fufufufufufufufufufu… y nuestro hornillo nos devuelven al calor que solo durara las próximas horas.

ANDANZAS DE UN FOTÓGRAFO ANTÁRTICO: El dedo de Juampa

Veo un dedo con una pinta malísima llenando todo el visor de mi cámara a través del objetivo. Intento reflejar en imágenes este pequeño quirófano improvisado en la tienda de campaña, encima de la colchoneta. El angular me permite sacar la cara de susto de Juampa y las manos de Ignacio que en un alarde de asepsia se ha puesto unos guantes de cirujano.

Es un poco de chiste viendo como es el ambiente que nos rodea, de todo menos limpio. Cuando escribo esta crónica llevamos más de treinta días sin pisar una ducha, pero los guantes le dan un aire de credibilidad a toda la operación. Juampa, que dicho sea de paso es el más cuidadoso con la higiene (toallita húmedas, crema de manos y todas esas cosas tan “finas”) ha tenido una infección en un padrastro de un dedo. Por ahora no parece muy serio pero puede llegar a serlo. Sacamos lo que nunca se quiere utilizar, el botiquín que nos ha preparado Michel Bernabé, amigo de Ignacio. Llamamos a Jorge, nuestro médico on line para que nos cuente cómo tenemos que proceder. Nos dice que pinchemos y saneemos la zona lo mejor posible. En la cara de Juampa aumenta el nerviosismo, lo veo a través de mi objetivo.

Con el alejamiento que da esto de la cámara a mí me da por reír, tengo que contenerme, no parece que sea lo más correcto para la ocasión. Por las expresiones de nuestro científico todo esto debe de ser doloroso.

Yo me afano en dejar un buen testimonio gráfico e Ignacio, con la seriedad propia de los navarros, tiñe de formalidad todo el conjunto. Rodeados de sacos de dormir, quemadores de gasolina, calcetines hediondos y botas para la nieve, el dedo de Juampa ha sido punzado y desinfectado aunque no hemos tenido que llegar a la amputación que seguro que hubiera sido mucho más fotogénica y me hubiera puesto a las puertas del Pulitzer. En este caso, y sin que sirva de precedente, prefiero ser el cámara al enfermo. Todo salió bien y Juampa está perfecto, por lo menos de su dedo…

“LOS” POLOS SUR

Participas en una expedición, haces cientos de km. (2.400); pasas frío, es decir, te hielas, vamos que te congelas; no duermes casi durante 20 días; pasas varias tormentas y en algún momento miedo, pero miedo de verdad; y todo con un objetivo: alcanzar el Polo Sur con un vehículo 0 emisiones, 100% ecológico; y cuando por fin llegas resulta que hay varios Polos Sur. La vida es así.

Pero el Polo Sur, el de verdad, es el geográfico, el de Amundsen y Scott, el que si la Tierra fuera un ovillo y tuvieras una aguja que metieras por él llegarías al Polo Norte.

Como hablar de los varios Polos no es una conversación habitual os hago una pequeña descripción:

Polo Sur Geográfico: El auténtico, al que hemos llegado 100 años después que Amundsen y Scott. Latitud: 90º – Longitud: 0º. El lugar más meridional de la Tierra. Donde como en el Polo Norte Geográfico confluyen todos los horarios. A las 0 h son las 24 h y todas las que hay entre ellas. Por él pasan todos los meridianos. Se encuentra en el Plateau antártico a una altitud de 2.835 m. de los que 2.700 son hielo.

Polo Sur Magnético: Se define como el lugar donde el campo magnético del planeta es perpendicular a la superficie. En un sentido estrictamente magnético es un Polo Norte, hacia el cual apunta el Polo Sur de una brújula.

Polo Sur Ceremonial: Es el lugar donde se encuentra la Base Amundsen-Scott, a pocos metros del Polo Sur Geográfico. Está señalizado por un pedestal con una esfera metálica acompañada por todas las banderas de los países firmantes del Tratado Antártico.

Polo Sur de Inaccesibilidad: Es el punto de la Antártida más alejado del Océano Antártico y más complicado de acceder.

Lo importante es que el 1 de enero llegamos al Polo Sur Geográfico al que se encaminaba la expedición y que ya hemos cumplido el objetivo más importante que nos habíamos propuesto. Ahora nos quedan unos 1.200 km. más en condiciones igual de difíciles que las que hemos superado. Si todo va bien hacia el 15 de enero llegaremos a Unión Glacier, última etapa en la Antártida. Pero aún queda mucho, prácticamente como ir de La Coruña hasta Gerona.

ANDANZAS DE UN FOTÓGRAFO ANTÁRTICO: El Polo Sur y las fiestas de mi pueblo

Ya hemos llegado al Polo Sur. Una de nuestras metas, la más importante, ha sido conseguida. Ahora tenemos que continuar hasta Patriot Hills para completar la travesía Antártica en este original vehículo movido por el viento.

Tiene su gracia esto de recorrer 2.500 km por el desierto helado de la Antártida en lo que Juan Pablo llama el “carromato”. Y no le falta razón, parecemos los antiguos pioneros del Oeste Americano cuando encima de sus carretas recorrían las infinitas llanuras desconocidas para ellos en busca de su particular polo sur. Dos de nosotros pilotan el catamarán y dos intentan descansar o dormir en el interior de la tienda que llevamos montada en el módulo trasero. La conclusión de este sistema es que vamos arrastrando un déficit de sueño importante, además como en esta época en la Antártida no existe la noche es difícil convencer al cuerpo que, a pesar de que el sol lo inunda todo, las dos de la madrugada es un buena hora para irse a dormir. A esto hay que añadir las irregularidades del terreno que por la construcción del vehículo, pensado para deformarse y adaptarse al relieve sin romperse, se transmiten directamente al suelo de la tienda…, en fin todo lo que un hombre desearía para poder echar una cabezadita.

Y para demostrar que no solo la electrónica falla en estas condiciones extremas, precisamente en una de esas zonas de olas de hielo gigantes que aquí llaman “sastrugis” partimos uno de los raíles del catamarán. Fue un buen susto, los raíles, a diferencia de otras partes del trineo, son una parte vital y no son fáciles de reparar. Están construidos de madera laminada de fresno y diseñados para que puedan soportar los fuertes impactos y las deformaciones que se producen cuando atravesamos los campos de sastrugis con una tonelada que es lo que pesa el catamarán. Pero después de unas horas de hábiles trabajos de bricolaje conseguimos solucionarlo, y debimos hacerlo muy bien porque nos ha permitido llegar hasta el Polo Sur.

Y por fin llegamos al Polo. Y que queréis que os diga, esto de ser de pueblo es lo que tiene y el término carromato me resulta familiar. En las fiestas patronales de mi pueblo llegan algunos feriantes: el “turronero”, el “de los churros”, el “de los pollos” (por desgracia hace unos años perdimos al “del tiro” con el que la mayoría de nosotros aprendimos a hacer trampas con una escopeta de aire comprimido), instalan lo que allí se llama el “tarraque” que es un chiringuito móvil en el que tienen en el mismo pack su negocio, su vivienda y su vehículo. En ausencia de un diccionario de la RAE en estas latitudes por motivos obvios, no puedo confirmar si la palabra “tarraque” es una invención local de mi imaginativo pueblo o existe en realidad, pero lo cierto es que, además de definir a los feriantes de mi pueblo, es perfecta para aplicársela a nuestro vehículo.

Fue formidable nuestra aparición en el complejo de la base americana que hay instalada en el Polo Sur. Cuando lo detuvimos en la mismísima entrada aparecieron dos individuos corriendo, nosotros en un primer momento pensamos que habríamos infringido alguna de las numerosas prohibiciones que hay en este lugar, pero no, por una vez no se trataba de eso. Nos habían visto desde la base y bajaban asombrados para ver de cerca lo que desde lejos les debía de parecer una aparición. Estuvieron hablando con nosotros y haciendo cientos de fotos supongo que para dejar constancia gráfica del acontecimiento. Es de suponer que además, como en mi pueblo, no son muchas las novedades que ocurren por aquí y la aparición de semejante cacharro despierta todo tipo de entusiasmos. Una de las cosas que más les llamaba la atención era que además de trineo tirado por el viento pudiéramos vivir y dormir en él.

Cotillearon y fotografiaron el interior de la tienda como si de un verdadero milagro se tratara. Igual que yo y todos los niños de mi edad cuando por fiestas llegaban aquellas extrañas caravanas que de día vendían turrón o churros y después, con las paredes cerradas, servían de dormitorio a las familias que se ganaban la vida de feria en feria. Tendréis que permitirme este pequeño ataque de nostalgia pueblerina pero es que la Antártida pasa factura a la cabeza y el corazón de casi todos los que la conocemos. Y más si encima es el día de tu cumpleaños…

ANDANZAS DE UN FOTÓGRAFO ANTÁRTICO: BLANCA NAVIDAD

Aquí estamos, rodeados de hielo por todas partes. Nuestra navegación ha adquirido la regularidad que todos estábamos esperando y sorprendentemente este vehículo salido de la cabeza y el tesón de este chalado visionario que es Ramón Larramendi está demostrando ser una máquina de devorar kilómetros. Pasamos horas pilotando el cacharro mirando la inmensidad blanca: siempre igual y siempre diferente. Lo mismo que dijo Heráclito sobre el agua del río, siempre hay agua pero nunca es la misma… En estos y otros pensamientos igualmente peregrinos empleo el tiempo que paso mirando la superficie de hielo en movimiento junto a nuestro catamarán. He aprendido a distinguir las horas del día por la temperatura de color de la nieve. Los fotógrafos que han asistido a mis talleres saben bien lo que es eso: es el color el que establece la diferencia entre la monotonía del blanco aparentemente igual de la inmensidad helada. Ni el color es el mismo ni el relieve del hielo tampoco. Pasamos de una superficie homogénea y amable para la navegación, a zonas de sastruguis (término ruso para definir como olas de hielo de la dureza de una piedra) que son auténticas trialeras, una prueba de resistencia para el vehículo y los que van durmiendo (o lo que pueden) dentro de la tienda.

Como era previsible los equipos fotográficos y electrónicos van acusando el trato implacable a que son sometidos. Uno de nuestros Mac ha pasado a mejor vida, la GoPro salió despedida del trineo mientras intentábamos una arriesgada toma de una de las explosivas levantada de cometa. Las baterías se descargan al instante con el frío y tenemos que mantenerlas calientes en todo momento dentro de nuestro cuerpo. Las transmisiones por Iridium son desesperantes, funciona relativamente bien para voz pero puede tardar horas en enviar una foto en baja calidad. Pero yo ya no me desespero, esto es la Antártida, siempre igual y siempre diferente. Como mis compañeros de expedición a los que no pierdo de vista ni un solo segundo del día. Vivimos en un trozo de tela de 3×3 m. montado sobre maderas que se desplaza por este desierto helado, tan solo nos alejamos unos metros para las cuestiones más escatológicas. Si no fuera porque estamos solos y no existe competición alguna parecería la carrera de los Autos Locos, aquellos dibujos animados de cuando algunos éramos jóvenes. Un excéntrico vehículo lleno de chiflados: el científico loco, el visionario inventor, el metódico navarro y el despistado fotógrafo. Y esa es mi familia de la Antártida y con ella es con la que pasaré estas navidades dentro de una tienda, en el culo del mundo y rodeado de nieve, como tienen que ser unas navidades que se precien.

NUESTRAS ÚLTIMAS 24 HORAS, RESISTIENDO EN LA TIENDA VIENTOS DE MÁS DE 100 km/h

17 de diciembre.
Cuando leas esta crónica tal vez nos encontremos en una cueva que habremos cavado bajo el trineo para guarecernos de una tormenta que no cesa. En este momento los cuatro estamos dentro de la tienda, vestidos con la ropa de exterior (incluso con botas), Seguir leyendo NUESTRAS ÚLTIMAS 24 HORAS, RESISTIENDO EN LA TIENDA VIENTOS DE MÁS DE 100 km/h…

ANDANZAS DE UN FOTÓGRAFO ANTÁRTICO: ¡QUÉ DESESPERACIÓN!

Qué desesperación. Estamos en un lugar único y maravilloso, viviendo una de las mayores experiencias que cualquier ser humano, no digamos un fotógrafo, pudiera soñar y resulta que me paso el día rodeado de cables, baterías y ordenadores y con una presión, que me impongo yo mismo, que ríete tú del diferencial de la deuda (por cierto, ¿siguen existiendo esas cosas en el mundo normal?).

Resulta que al final los plazos se aceleraron y nosotros acabamos en el plató Antártico unos días antes de lo previsto. El vuelo se adelanto por previsión de tormenta. Eso, que en principio pudiera incluso habernos favorecido, nos ha obligado a trabajar bajo los rigores de nuestra primera tormenta Antártica. Para empezar no está mal: -30º y vientos de 70 km/h. Y como en esta expedición todos tenemos un papel muy definido (o eso parece) cada uno intenta que la tormenta le afecte lo menos posible a su “negociado”.

Mi lucha es con las cámaras, los ordenadores y las placas solares. Lo que tienen las tormentas es que en general durante el tiempo que duran no hay sol, y esto para las placas solares y la carga de las baterías es un problema. Si a esto le unimos unos curiosos –30º tenemos el coctel perfecto para que casi todos nuestros modernos sistemas de grabación y de trasmisión de imágenes dejen de funcionar. Y al principio uno se preocupa y después se enfada por no ser capaz de hacer que durante las tormentas las placas solares funcionen (¿quizás por eso las llaman solares?) y me sale un poco mi vena cascarrabias y casi se me olvida donde estamos.

Después de varias horas dentro de la tienda mirando lucecitas y apretando botones a ver si se produce el milagro de que los satélites y las placas vuelvan a funcionar, salgo al exterior y miro a mi alrededor. El intenso frío y la luz de la tarde me devuelven de sopetón a la evidencia, a la única y maravillosa realidad. El horizonte es infinito y los colores intensos y luminosos. Mi cámara funciona a la perfección y me permite hacer una de las cosas que más me gusta: capturar la belleza de estos momentos con imágenes.

Mis compañeros están contentos y muy animados, forman parte del paisaje, de este inigualable paisaje. De repente recuerdo la historia que viví hace años en alguna remota montaña. Alguien con su teléfono móvil en la mano maldecía en voz alta y de manera desaforada porque la llamada se cortaba o la comunicación no era todo lo buena que él, acostumbrado a las comodidades de la civilización, consideraba apropiada. A mi lado una persona mayor lo miraba con una mezcla de asombro y desdén. No ée muy bien cómo acabé hablando con él pero, la verdad, fue una de esas ocasiones que dan para reflexionar muchas veces, incluida en la Antártida.

En resumen, lo que el sabio señor venía a decir es que lo que de verdad era realmente asombroso es que “alguna” vez lograsen funcionar los móviles en esas circunstancias, y que haríamos mejor en alegrarnos y estar muy orgullosos de los avances del ser humano por ser capaz de lograr cosas que hace tan solo unos años parecían de ciencia ficción, como por ejemplo mandar imágenes y crónicas desde un sitio tan increíble como la Antártida.

Vuelvo a mirar a mi alrededor y ahora ya no me preocupa tanto que nuestras baterías no carguen bien y nuestro satélite no esté operativo. He decidido, siguiendo los consejos de aquel sabio al que me tropecé un día en alguna remota montaña, alegrarme por las pocas fotos que puedo mandar en lugar de enfadarme por lo demás. Y ahora vuelvo a mirar otra vez todo esto con los ojos que más me importan, los de dentro.

YA ESTAMOS EN EL PLATEAU ANTÁRTICO (por Paloma)

Nuestros intrépidos exploradores ya están en la meseta antártica ansiosos por comenzar la navegación en el velero polar. Desde el primer día se han visto obligados a permanecer en el interior de la tienda, una fuerte tormenta les ha impedido trabajar fuera en el montaje del trineo.

Después de algunos problemillas con los rusos y debido a las inclemencias meteorológicas han tenido que volar antes de lo previsto desde la estación rusa de investigación de Novolazarevskaya hasta el plateau antártico, montar rápidamente la tienda y preparar el campamento para soportar el fuerte viento. Se sienten cansados y con dolor de cabeza, debido al poco dormir y a la altura, pero serenos y optimistas esperando a que llegue la calma después de la tormenta para comenzar los trabajos en el exterior.

Desde entonces continúan con mal tiempo, los fuertes vientos han sepultado todos los bultos bajo la nieve, y se ven obligados a contarlos para no perder ningún petate. El polvo de nieve que se ve arrastrado por el viento se les cuela por todos lados y la entrada a la confortable y sólida tienda se va tapando de nieve acumulada por lo que tienen que salir a quitarla a fin de que no se vea bloqueada.

Durante estos días sin poder salir al exterior, han estado trabajando mucho, esforzándose en construir el trineo, se han dedicando a montar los travesaños y los polietilenos y a atar toda la estructura con los 700 nudos que le dotan de la extraordinaria flexibilidad y resistencia adaptable a las irregularidades del terreno.

Después de estos primeros y difíciles días que les han servido de adaptación (no hay mal que por bien no venga) hoy por fin parece que el día es espléndido y en cuanto ultimen pequeños detalles podrán comenzar la navegación.

Estamos deseosos de que nos lleguen nuevas noticias para relataros los primeros kilómetros de travesía.

Podéis seguir toda la expedición en www.accionantartica.com

YA ESTAMOS DE CAMINO A LA ANTÁRTIDA

Esta tendencia al estrés me va a matar, o quizás, sea lo que me da la vida. También es verdad que no todas las expediciones, como las vidas, son iguales. La mía, las nuestras, no deben de ser del todo “normales”, ni la expedición, ni la vida. Seguir leyendo YA ESTAMOS DE CAMINO A LA ANTÁRTIDA…

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