“Taller fotográfico de viajes y aventuras”

Volvemos a repetir en Semana Santa el “Taller especializado de Fotografía de viajes y aventuras” pero esta vez en los fiordos de Noruega. Durante siete días podremos realizar diferentes actividades relacionadas con los deportes de aire libre (trineo de perros, raquetas y esquís con pulka, kayak de mar, etc.) y de esta forma experimentar con nuestra cámara en las más diversas situaciones. Veremos como proteger nuestro equipo de la nieve y las bajas temperaturas, como fotografiar acción y movimiento en situaciones de poca luz, como compaginar actividad montañera y fotografía y muchas otras cosas en un ambiente singular por su belleza y condiciones medioambientales.
También tendremos ocasión de compartir nuestras experiencias y fotografías con personas de las que sin duda podremos aprender.

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Una ocasión única de aprender, compartir y disfrutar de la naturaleza y la fotografía.
Podéis encontrar toda la información en:

www.javierselva.es

http://www.tierraspolares.es/noruega/taller-especializado-de-fotografia-de-viajes-y-aventura/

CONCLUSIONES SOBRE EL EQUIPO FOTOGRAFICO

Después de la diarrea fotográfica de los dos últimos post, conviene una recapitulación y extraer algunas conclusiones que nos puedan aclarar las ideas. No obstante tenéis que tener en cuenta que son “mis” conclusiones, fruto de una peculiar manera de entender la fotografía de montaña. La mía es una postura dinámica dentro de la actividad montañera, el fotógrafo no como observador si no como protagonista de la acción. Seguir leyendo CONCLUSIONES SOBRE EL EQUIPO FOTOGRAFICO…

REFLEXIONES SOBRE EL EQUIPO FOTOGRÁFICO – 2ª Parte

Como ya os comenté en el post anterior, justo antes de comenzar el trekking de los Annapurnas, en Katmandú, después de mi pequeña crisis con el peso y el volumen del equipo, elaboré una lista mental de lo que consideré hubiera sido un equipo más apropiado para la actividad que iba a emprender.

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Siempre teniendo en cuenta mi peculiar manera de entender la ligereza y la discreción del equipo fotográfico en montaña y sobre todo en países del tercer mundo. No digo que este sea el equipo ideal, pero en ese momento me pareció que para mí hubiera sido mucho más apropiado.   

Tengo una Canon EOS 400 que compré Nepa2009-034para llevar un segundo cuerpo de poco peso y tamaño reducido. El sensor no es full frame (formato completo), tiene un factor de multiplicación de x 1,6. Y eso que casi siempre lo entendemos como un inconveniente puede ser una auténtica ventaja en montaña. De repente un objetivo estándar como el 24-105 se convierte en un 38-170 pasando a ser un tele que puede ser más que razonable para la mayoría de las situaciones que nos encontraremos en un viaje como este. Con esta solución podría haber prescindido del pesado y escandaloso 70-200 mm. f 2,8.

Para cubrir la gama de angulares podría haber llevado un 17-40 o un 16-35 (y con esta excusa haber cambiado mi antiguo 20-35 que ya va siendo hora) que pasan a ser un 27-64 ó 25-56 respectivamente y está más que de sobra.
Además esta EOS lleva un pequeño flash incorporado que es suficiente para retratos y primeros planos. Hubiera llevado seguro el pequeño trípode que además es el apropiado para esta cámara que pesa mucho menos que la EOS 5 y me permite hacer fotos nocturnas o con poca luz. También hubiera llevado la pequeña Ixus que siempre va en uno de mis bolsillos, por si acaso, que nunca se sabe.

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La definición de este tipo de cámaras como la Canon 450, la Nikon D5000 o la Olympus E-520 que cuentan con sensores de unos 12 mega píxel es más que suficiente para el uso que normalmente vamos a darle a las fotos.

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De las fotografías de mi expedición al Pico Sokut en Tayikistán salió un libro, un audiovisual que se suele proyectar en pantallas grandes, fotos para mi web, artículos… y la mayoría de ellas se tomaron con la EOS 400. Las que son buenas lo son independientemente de la cámara y las que no valen nada también lo son al margen del cuerpo con el que estén tomadas.

Ya he leído algunos de vuestros comentarios a favor de cámaras aún más ligeras tipo Canon PowerShot o Nikon Coolpix. Estoy de acuerdo que cuando el peso ha de ser crítico y las condiciones de la montaña muy severas, esta puede ser una buena opción, pero en una actividad tan fotogénica y previsible como el trekking de los Annapurnas, para un fotógrafo, es muy difícil prescindir de una réflex. La posibilidad de usar diferentes ópticas, sensibilidades más extremas, la sensación de usar una “cámara de verdad”, la potencia del flash, etc., etc. hacen que podamos permitirnos el lujo de un equipo réflex.

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Claro, que los muy puristas siempre podrán decir, que con cámaras réflex de gama profesional, podemos contar con sensibilidades mayores (en el caso de la EOS 5 de hasta 25.000 asa), con menos ruido en las fotos tomadas con estas sensibilidades, mayor número de píxeles en el sensor y por lo tanto mayor definición, mayor robustez en el equipo… solo faltaba que una cámara que multiplica por ene el precio de sus hermanas menores no ofrezca mayores prestaciones, algunas de ellas realmente increíbles hace solo unos meses (por ejemplo, video en alta definición o sensibilidades que permiten disparar prácticamente de noche). Está claro que una cámara de gama alta siempre será mejor en términos absolutos que una mucho más barata. Lo que yo planteo es que en el caso de la fotografía de montaña existen otros factores que tienen que ser tomados en cuenta por el fotógrafo. No estamos delante de una modelo que posa ante nuestro flamante objetivo súper luminoso y la cámara dispara ráfagas como una metralleta bajo los focos del estudio. Por lo tanto tendremos que tomar algunas decisiones respecto al equipo. Como siempre, yo pondría en la cima de la pirámide en importancia las ópticas. Siempre las mejores que podamos pagar. Pero cuidado que no tienen porque ser las más luminosas. De hecho en montaña es preferible renunciar a un punto de diafragma en función del peso, sobre todo si lo podemos compensar con el estabilizador de imagen. Aunque por desgracia casi siempre los mejores objetivos suelen ser los más luminosos, cada vez más los fabricantes están creando objetivos de altas prestaciones menos luminosos y mucho más ligeros (por fin parece que nuestras plegarias están siendo escuchadas).

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Los cuerpos de cámara pequeños y ligeros, aun con factor de multiplicación, pueden ser una buena solución para aligerar los equipos fotográficos que transportamos a las montañas. Un factor de x 1,6 nos permite aligerar nuestro equipo en uno de los elementos más pesados como son los teleobjetivos que siempre son más engorrosos de portear que los angulares.

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Por curiosidad he calculado el peso de este equipo digamos que “ideal”:

- Canon EOS 400 ………………………………………………. (450 g.)
- Objetivo Canon 17- 40 mm. f 4 L …………………… (500 g.)
- Objetivo Canon 24-105 mm. f 4 L…………………….(670 g.)
- Cámara Canon Ixus 950 IS…………………………….. (200 g.)
- Mini trípode…………………………………………………………(600 g.)
- Bolsas y estuches de todo tipo…………………………(200 g.)
- Cargadores, baterías, nivel, limpieza, etc. .…….(400 g.)

Estamos en unos 3 kg. que respecto a los 6 kg. del equipo que llevé son una buena diferencia, sobre todo si no hubiéramos llevado porteador.
De todo esto podemos sacar algunas conclusiones, y eso es lo que haremos en el siguiente post.

FALLADOS LOS PREMIOS MONTPHOTO 2009

Durante los días 5 y 6 de diciembre se ha celebrado el fallo y entrega de los premios del prestigioso certamen fotográfico Montphoto 2009 organizado por la Sección de Fotografía del Centro Excursionista de Lloret de Mar y el Ayuntamiento de esta localidad.

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De las 2600 fotografías presentadas en sus diferentes temas, el concurso ha otorgado 76 premios que repartieron 7600 euros en metálico. Si algo caracterizó las fotografías que llegaron a la final es su alta calidad que unido a un impecable trabajo de ampliación y presentación por parte de la organización, hicieron francamente difícil el veredicto del jurado compuesto por Francisco Mingorance, Juan Pablo Moreiras y Javier Selva. Podéis ver un video en directo de la deliberación del jurado en la web de Montphoto

Entre los actos que se desarrollaron durante la celebración del concurso, Javier Selva presentó su audiovisual “Tayikistán, el Pamir por la puerta de atrás” donde se pudo ver un buen ejemplo de fotografía en alta montaña.

Las fotografías premiadas forman parte de la exposición que puede ser visitada en la Sala de Exposiciones del Antiguo Sindicato de Lloret de Mar hasta el 30 de diciembre.

Las obras ganadoras con sus correspondientes autores en los diferentes temas son:

  • 1er Premio Paisaje de Montaña:

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               Volcanes de Jesús García Pastor de Malgrat de Mar (Barcelona)

  • 1er Premio Actividad de Montaña:

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   Aketegi I de Iosu Garai de Legazpi (Guipúzcoa)

  • 1er Premio Naturaleza General:

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 Burbujas congeladas de Eloi Figueras Trouwborst de Mataró (Barcelona)

  • 1er Premio Naturaleza documental – Aves:

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Alcas en el acantilado de Andrés Miguel Domínguez Romero de Ubrique (Cádiz)

  • 1er Premio Denuncia Ecológica:

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Espectáculos en Plaza Jamaa Fna de Jordi Gallego de Sant Feliú de Guixols (Girona)

  • 1er Premio Espacios Naturales de las Comarcas Gerundenses:

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Cala de los Frailes de Joan Guillamat Castillos de Sant Joan Despí (Barcelona)

Todas las obras premiadas se pueden ver en www.montphoto.com

REFLEXIONES SOBRE EL EQUIPO FOTOGRÁFICO – 1ª Parte

Acabo de volver de Nepal, de hacer el trekking que rodea a los Annapurnas

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Ya escribo este post desde Madrid (más concretamente desde mi asiento en el tren que me lleva a Valencia. Qué vértigo, siempre dando vueltas). Afortunadamente vencí la tentación de escribirlo desde Katmandú, prácticamente a mi llegada, quizás entonces el resultado de mis reflexiones sobre el equipo fotográfico no hubiera sido muy objetivo.

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Esta vez me dejaré de divagaciones mentales y vamos a hablar de fotografía y el equipo y os contaré mis conclusiones después de este viaje.

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Como la mayoría de vosotros sabréis, el trekking de los Annapurnas, es una actividad físicamente exigente pero no extrema. Se camina durante bastantes días (entre 16 y 20 según el itinerario y la aclimatación) y muchas de las etapas son en altura, por encima de 3.000 m. hasta llegar al punto culminante que es el collado del Thorung La de 5.416 m. Pero en todas las etapas se duerme en alojamientos, más o menos precarios, pero con cama, comida caliente y luz eléctrica. Además, es bastante frecuente contar con la ayuda de algún porteador que nos aligera el equipaje que tenemos que cargar a nuestras espaldas.
Por lo tanto, nos encontramos ante una actividad de montaña exigente pero no extrema, de una grandiosidad y belleza única en el mundo, en la que nos podemos permitir algún lujo con el peso.

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Con todos estos ingredientes, ¿cuál sería vuestro comportamiento como fotógrafos?, pues eso, cargar con todo el equipo posible e intentar sacarle todo el rendimiento. Yo como tengo la peculiaridad de ser poco original, hice lo propio. Desoyendo mis propios consejos preparé el equipo pensando que por una vez podía permitirme cierta relajación con el peso y el espacio.
Los alpinistas que siempre que viajamos lo hacemos en busca de grandes montañas para poder ascenderlas tendemos a infravalorar un tanto los trekking. Qué le vamos a hacer, nosotros somos así. Y esto, a veces, nos hace tomar decisiones incorrectas.

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El equipo que llevé hasta Katmandú y su peso fue el siguiente:
- Cámara Canon EOS 5D march II…………………..(900 g.)
- Cámara Canon Ixus 950 IS…………………………..(200 g.)
- Objetivo Canon 24-105 mm. f4 L………………….(670 g.)
- Objetivo Canon 20-35 mm. f2,8L………………….(570 g.)
- Objetivo Canon 70-200 mm. f2,8 L…………….(1310 g.)
- Duplicador Canon x 2…………………………………….(265 g.)
- Flash 580 Canon EX II…………………………………..(375 g.)
- Minitrípode……………………………………………………..(600 g.)
- Bolsas y estuches de todo tipo…………………….(300 g.)
- Cargadores, baterías, nivel, limpieza, etc……(400 g.)

A esto y, aunque no es estrictamente material fotográfico, hay que añadir una grabadora digital, un estuche de lápices de colores (por si mis pretensiones artísticas se expanden a la pintura), cuaderno de notas, libros, guías, el manual de instrucciones de la cámara (menos risitas, por favor), etc., etc. que junto con el peso del equipo suma unos 6 kg. aprox.

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Casi todo el equipo lo transporté hasta Katmandú en una bolsa fotográfica Donke de tamaño medio que hacía las veces de equipaje de mano. Algunos elementos del equipo como el trípode o los estuches viajaron en el equipaje facturado.
Pensé que había hecho un esfuerzo de austeridad por no llevar 2 cuerpos réflex (de la EOS1n ni hablamos), la empuñadura de la EOS5 o cosas como un ojo de pez, un objetivo macro o un 50 mm. fijo y luminoso (que por cierto es una maravilla), pero cuando llegué a Katmandú y analicé todo el equipo y la estrategia que iba a seguir para el trekking, comenzaron las dudas. La idea era llevar un macuto no muy grande cada uno de nosotros y un porteador para los dos con el resto de las cosas en otro macuto. Yo, después de tantos años arrastrando la cámara por esas montañas de dios, ya me conozco y sé que, o llevo el equipo a mano o termino por no utilizarlo. Para eso incluí en el equipaje una riñonera de tamaño medio. Pero también puede ser que tuviéramos algunos días de mal tiempo (cosa que finalmente no ocurrió). Para esto suelo preferir estuches individuales para la cámara y los objetivos, de esa manera consigo proteger mejor el equipo del agua que llevándolo todo junto en una bolsa.

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Todas estas cosas me rondaban por la cabeza cuando veía el equipo sobre la cama de mi hotel en pleno y bullicioso Tamel, en el centro de Katmandú.
Suelo tener pocas dudas sobre la ostentación y el exhibicionismo del equipo fotográfico, pero las pocas que tuviera se me quitaron saliendo al balcón del hotel. ¿Cómo lanzarme a esas calles abarrotadas de gente que tienen de sueldo medio menos de 30 euros al mes, con cámaras y objetivos que superan en ene lo que podrán ganar en toda su vida?, ¿cómo pasar desapercibido con semejantes objetivos? (por cierto, ¿cuando dejará Canon de fabricar esos objetivos blancos con los que siempre vas llamando la atención y que confieren al propietario la condición de fotógrafo millonario?). Nunca he podido vencer mi pudor sobre este tema del equipo fotográfico y más cuando viajo a los países del mundo menos desarrollados (que en el caso de las grandes montañas son la mayoría). Supongo que en eso soy un fotógrafo profesional anómalo (¿solo en eso?).

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Después de un paseo por el bullicioso Thamel, con mi discreta Ixus en el bolsillo, volví a revisar el equipo para el trekking.
Dejé en Katmandú el duplicador y el flash. La verdad es que solo en fotografía de fauna utilizo los teleobjetivos largos y además con los ficheros RAW de la EOS 5 de 30 MB no es difícil hacer un encuadre selectivo de un detalle de la imagen. El flash casi nunca lo utilizo, además quería probar las altas sensibilidades de la EOS que se suponen es una de sus mejores características. También la Ixus lleva un pequeño flash que me suele sacar de los aprietos.

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Intenté acomodar todo el equipo restante en la riñonera. Por supuesto, no cabía. Además a mí me resulta muy molesto llevar tanto peso a la cintura, debe ser cosa de tener barriga cervecera. También pensé en llevar la bolsa Donke de bandolera, pero, como ya he podido sufrir en otras ocasiones, después de las horas me provoca un fuerte dolor de cuello, además de la incomodidad de llevar bolsa y macuto al mismo tiempo.
Al final, bastante enfadado conmigo mismo, acabé llevando, como siempre, la cámara colgando sin funda ni nada con el objetivo 24-105 y el resto del equipo en el macuto.
No me importa cargar, de hecho llevo toda la vida como los caracoles, con la casa a cuestas, pero no soporto el fetichismo en la fotografía. Me gusta ir a las montañas “ligero de equipaje”, discreto, sin demasiadas pretensiones. Mis mejores fotografías casi nunca son fruto del equipo. Como siempre, las cosas importantes no ocurren con el ojo pegado al visor.

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En ese momento hice una valoración del equipo que tendría que haber llevado y eso os lo reservo para el próximo post, continuará ….

2º Taller especializado de Fotografía de montañas, viajes y aventuras en Islandia

Viajar a Islandia “la isla de hielo y fuego” significa descubrir una naturaleza increíble que no existe en ningún otro país, un entorno puro, limpio que junto con sus inigualables condiciones de luz la convierten en uno de los principales paraísos fotográficos del mundo. Seguir leyendo 2º Taller especializado de Fotografía de montañas, viajes y aventuras en Islandia…

BERNARDA ALBA Y LAS CAMISETAS DE TIRANTES

Esta vida mía tiene algo de estrafalaria. Y mi trabajo por extensión también. Tiene que ser así cuando de una forma fortuita, y por otra parte maravillosa, acabo viendo “La Casa de Bernarda Alba” en Barcelona entre reunión y reunión de trabajo.

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No soy muy partidario de este tipo de post en el blog, porque ni soy experto en literatura ni crítico de teatro. Pero la verdad es que le he cogido el gusto a escribir de lo que me impresiona. Ya sabéis aquello de Machado: “… debéisme cuanto he escrito”.

Ir al teatro siempre es emocionante, ver algo de Lorca sobrecogedor. Pero hoy, por si todo esto fuera poco, ha habido algunos ingredientes que, como el glutamato, han servido para potenciar el sabor.
Barcelona siempre es, para muchos madrileños, nuestro Alter Ego. Siempre espero encontrar ahí lo que añoro en Madrid. Más o menos como los barceloneses con Madrid. Para eso sirven los mitos enfrentados, para buscar refugio ideológico donde no lo hallamos en ese momento.
Nunca olvidaré una entrevista radiofónica con Enrique Vila-Matas (yo, camino de Novelda, cuna de Azorín, en uno de esos momentos “singulares” de mi trabajo). Barcelonés de pro, describía un Madrid lleno de notas y adjetivos que jamás hubiera identificado con mi ciudad y sí más bien con la suya. Solo desde esa añoranza de realidades enfrentadas, pero complementarias, pude entender las sabias palabras de Vila-Matas.
Pues eso, que de repente me encuentro en el Teatre Nacional de Catalunya, donde se representa La Casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca, en las horas de espera hasta la salida de mi tren para Madrid.
Cómo resistirme si además las actrices principales son Núria Espert y Rosa María Sardá. La hora de la función es un tanto sospechosa, las cinco de la tarde.
Después de mucho preguntar salgo de dudas, es una función infantil, por eso la hora tan poco teatral. Ya está decidido y aún así iré. Además solo queda una butaca libre, tengo que aprovechar la oportunidad.
Antes de la función tengo una comida de trabajo y mi compañero, que vive en Barcelona, me hace notar un pequeño detalle en el que no había caído: “¿has preguntado si es en castellano la representación?”. La verdad, ni se me había ocurrido.
Por un momento pienso que si el texto original de Lorca es en castellano, la función debería ser igual. Pero luego recuerdo que nunca he visto representar en Madrid a Shakespeare en inglés ni a Chejov en ruso. Cada uno se expresa como quiere y como se siente más a gusto.
Camino del Teatre voy tomando conciencia de mi situación: un autor difícil, en un espacio escénico arriesgado, rodeado de niños y quizás en un idioma que casi no comprendo. ¿Hace calor o los sudores que tengo son por otros motivos?

Entro en el teatro, me siento en una esquina y observo el panorama. La verdad es que no se puede decir que sea una sesión infantil, más bien se trata de adolescentes y jóvenes quinceañeros.
Comienzo a relajarme y a ver el lado bueno. Sale lo que queda de sociólogo en mí y pienso que será una experiencia interesante ver como reacciona la alegre muchachada ante lo que nos propone Lorca en el escenario. Si existe un buen indicador sobre la vigencia y actualidad de un mensaje es someterlo (en forma de obra de teatro o de cualquier manifestación social) al mortífero juicio de centenares de adolescentes con las hormonas a flor de piel (realmente debe de hacer calor a juzgar por las indumentarias de las jóvenes señoritas).
Los de la fila de encima colocan varias bufandas del Barça en el pasamanos (…pues eso, las hormonas a flor de piel).

Comienza la representación. Es en castellano.
Se hace el silencio, aunque no absoluto. Queda un rumor que durará toda la función. Son comentarios en voz baja, risitas, movimientos.
Al poco descubro que no me molesta nada, más bien al contrario, parece como si el público estuviera vivo y hace presente sus sentimientos en forma de pequeños sonidos.

Ya solo existe Lorca. El milagro del arte vuelve a ocurrir y siento lo de tantas veces. Pero en este caso duele, duele mucho. Federico, cómo no te iban a matar, cómo no te iban a asesinar escribiendo estas cosas.
Aún hoy me resulta subversivo, molesto, difícil de digerir.
Mujeres de negro riguroso de la cabeza a los pies, reflejo de una España de luto permanente, donde el ambiente opresivo no permite casi ni respirar. Recuerdos de los meses pasados en el pequeño pueblo de mi infancia que es la infancia de muchos de nosotros. Ese campo español en duelo permanente donde la mujeres solo pueden ser negras, solo de un asfixiante color negro.
Miro a mi alrededor, la chica que tengo a mi lado observa con atención el escenario.
El resto de sus compañeros también.
La atención no siempre significa comprensión: ¿de verdad entenderán lo que está pasando en el escenario? ¿De verdad comprenderán que, a diferencia de sus frescas camisetas que dejan sus hombros al aire, estos enlutados atuendos fueron la realidad en sus pueblos hasta hace bien poco?
No están viendo la casa de un país fundamentalista musulmán.
Están en la casa de Bernarda Alba.
Su abuela o sus muchas tías del pueblo fueron así.
Y si no fueron las suyas, las mías sí.

Miro con detenimiento a las actrices que hacen de hijas de Bernarda. Todas llevan abanico, pero ninguna sabe moverlo. Son jóvenes. No tienen porqué conocer el movimiento del abanico, ellas son del tiempo del aire acondicionado.
Antes, las mujeres, nacían con un sexto sentido para manejar el abanico. Solo así se comprende que en una iglesia donde centenares de señoras agitaban al unísono su abanico prácticamente no se escuchase un solo ruido.
Vuelvo a fijarme con detenimiento, en efecto, las jóvenes actrices, incluso las que representan a Lorca, se han liberado para siempre del abanico y de la iglesia.

Miro a mi alrededor. Los chavales están atentos, tensos por el drama que sucede ante ellos, en el escenario.
Pero se tocan entre ellos, algunos, que deben ser novios, tienen las manos cogidas.
Ellas, como ellos, serán médicos o funcionarias o autónomas.
Es difícil, muy difícil, que sean Bernardas Albas.
Por eso miran la función con atención, con tensión, pero no con pena. Eso solo lo podemos hacer los que sabemos que el mundo de Lorca no está tan lejos.
Como cuando leemos a Oscar Wilde y alguien nos dice que fue un crítico feroz de la sociedad puritana que le tocó vivir. ¿Cómo imaginar lo que debió de ser sin haberla vivido directamente?
Solo por un pequeño detalle: porque les costó la vida estar en contra de ellas.

Termina la función. Los jóvenes aplauden a rabiar. Núria Espert y Rosa María Sardá, cómplices, les saludan de una manera cercana y afectuosa. Ellas saben, porque llevan años rodeadas del drama del teatro, que son ellos, los jóvenes, generación tras generación, los que pueden resucitar a Lorca, a todos los Lorcas que han sido asesinados para que podamos llevar camisetas de tirantes.

UNA PEQUEÑA JOYA: “ESCALADA” de Ludwig Hohl

Acabo de leer un pequeño libro titulado “Escalada” de un tal Ludwig Hohl.
Ha sido toda una sorpresa considerando que la mayor parte de la literatura de montaña, según mi opinión, es espantosa y solo algunos títulos pueden considerarse pasables.
De nivel, lo que se dice de nivel, se pueden contar con los dedos de una mano.
Y me refiero a literatura, no a manuales, guías o anecdotarios más o menos ingeniosos.

Siempre me he preguntado porque la montaña, con toda su épica y grandiosidad, no ha dado grandes obras literarias universales de la talla de las que nos proporcionan otros géneros similares, como el mar, por no hablar de entornos menos sugerentes como el mundo del automóvil, los detectives o el boxeo.
Fruto de esta tradicional falta de literatura de alto nivel es consecuencia la asombrosa escasez de buenas películas sobre temas montañeros, a diferencia, como ya he dicho, de otros temas en los que el cine, sin duda influido por la literatura, encuentra un magnífico filón (cine negro, road movie, piratas, boxeadores, etc.).

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¿Por qué, si tenemos en las montañas todos los ingredientes que conforman una buena historia, no es fácil encontrar literatura que la cuente con mayúsculas?
Llevo años preguntándomelo, como llevo años esperando la “gran película” de montaña que consiga emocionar a la mayoría, aficionados o no al montañismo, como consiguió enamorarnos de África Robert Redford y Meryl Streep en “Memorias de África” o del sudeste asiático Martin Sheen y Marlon Brando en “Apocalipsis Now”, o de la decadencia italiana con “Muerte en Venecia” de Visconti. No son documentales de paisajes, son historias intensas que suceden en escenarios grandiosos que hacen de caja de resonancia de los sentimientos y las situaciones que en ellos transcurren. Como en las montañas. ¿Se le ocurre a alguien mejor entorno para una gran historia que el Himalaya, los Pirineos o el Atlas Marroquí?
Ya sé que existen grandes libros que tienen por escenario las montañas. Cómo olvidar el mítico “La lluvia amarilla” de Julio llamazares, o “Peñas Arriba” de José María de Pereda, o Las nieves del Kilimanjaro de Ernest Hemingway. Pero echo en falta literatura que, como lo fueron al mar Moby Dick o “El viejo y el mar” (otra vez Hemingway), sitúe a la montaña en el lugar literario que le corresponde.
Puedo imaginar los motivos de esto, que serían extensos de contar, pero se admiten sugerencias.
De igual manera que ocurre en el cine, la falta de estímulo literario hace que la presencia del “montañismo” en otras disciplinas artísticas sea escasa. Por ejemplo la pintura y más recientemente la fotografía.
Dice el erudito de mi amigo Gras que esto se puede deber a que es un acontecimiento relativamente moderno, a diferencia del mar, y que por eso su peso en las artes puede ser menor. Pero si eso fuera del todo cierto no existirían películas de viajes espaciales o fotografías de ambientes urbanos, que si por algo se caracterizan es por su modernidad. En fin, que todo esto daría para mucho y si uno de por sí es pesadito, solo falta que dejen que me enrolle.

Por volver a lo que de verdad quería contaros, el libro de Ludwig Hohl es, como dice su editor “un puñado de páginas cristalinas, donde poesía y filosofía conviven en estrecha intimidad”. Y esto en la literatura de montaña no es nada fácil.
No voy a desmenuzaros esta pequeña joya contándoos la historia ni el final del relato, que en cierto modo es clásico y previsible, pero quiero deciros el por qué me pareció algo excepcional en el panorama de los relatos alpinos.
No fue por la tremenda y conmovedora biografía de su autor, que permaneció más de veinte años sepultado en un sótano de Ginebra, colgando sus escritos de cuerdas con pinzas de tender la ropa.
Ni que comenzase a escribir este relato en 1926 pero que no lo diese por concluido hasta 1975 (¡¡ y solo son 105 páginas de un tamaño reducido!!). Todo esto tan solo te predispone a su lectura.
Lo que realmente me impactó es que cuando el relato prácticamente concluye, uno de los protagonistas se hace la ya clásica pregunta de por qué escaláis montañas.
Esta pregunta ya se la formularon a Mallory en 1924 y su respuesta, de todos conocida y repetida hasta la saciedad fue: “porque están ahí”. Luego ha ido corriendo de boca en boca de alpinistas famosos hasta que se ha convertido en un slogan para todos.
Ya estoy un poco cansado de escuchar siempre lo mismo, harto de frases hechas.
Fue por su respuesta, además de otras virtudes del libro, por lo que supe que éste era un relato diferente, buena literatura.
Dice así:

“Después hubo otros momentos que ya no eran soñados, sino una mezcla de vigilia y sueño, justo lo que se llama una alucinación. En esos instantes había hallado de pronto la respuesta definitiva a la pregunta tan reiterada: “¿Por qué escaláis montañas?”
…La respuesta era:
                  Para escapar de la prisión.
                  …¿Y ahora?

FINALIZÓ EL TALLER DE FOTOGRAFÍA EN ISLANDIA

Ya estamos de regreso del taller de fotografía en Islandia. Hemos regresado el pasado día 12. Con algún incidente, como por ejemplo que la compañía aérea perdió el equipaje en el viaje de ida del pobre de Oihan, que aguantó todo el viaje con paciencia y sin prácticamente ropa, estamos aquí con la cámara llena de fotos, y el corazón y la cabeza llenos de recuerdos.

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Los éxitos se miden por el grado de satisfacción y los resultados conseguidos.
Miro la pantalla de mi ordenador donde aparecen imágenes de Islandia llenas de “luz del Norte”, esa luz fría, rasante, a veces incluso mortecina, pero sugerente, llena de sombras y tonos glaciales y etéreos.

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Recuerdos de buenos momentos con personas sensibles a los grandes espacios, a sus cámaras y a las magníficas comidas de nuestro, ya buen amigo, Carlos. Él es nuestros ojos en un país lleno de maravillas que solo se muestran del todo bajo las atentas miradas.
Y después de descubrirlas una vez más, de ver lo conseguido en el ordenador, de imaginar esos chuletones descritos con precisión y maestría por los colegas vascos, creo que este taller fotográfico en Islandia ha sido un éxito.
Gracias también a Tierras Polares por hacer honor a su nombre, y por supuesto al hijo de Carlos por los contados pero exquisitos acordes de piano en aquel albergue lleno de notas de poemas nórdicos.
De esto hablamos mucho, pero me gusta repetirlo para intentar que algo se me quede. Lo mejor, lo único, ser capaces de reflejar la luz, el espíritu de los momentos, ser artistas, sentir tensión dentro, incluso angustia…y luego vomitar. En forma de pintura, de música, de poesía, o por qué no, de fotografías.

Quiero dar las gracias a todos los que han hecho posible este primer taller de fotografía y decir a todo el personal, que en breve podremos compartir y comentar todas las fotos en Flickr.

Si queréis ver algunas de las fotos del taller, podéis visitar mi página web

PIONEROS Y MAESTROS DE LA FOTOGRAFÍA (1). BRADFORD WASHBURN

No resulta fácil elegir al primer fotógrafo para comenzar esta serie. No es que ser el primero suponga diferencia de ningún tipo, pero de alguna forma, para los que padecemos de ansiedad, resulta difícil no colocar delante (siempre deprisa y siempre inmediatamente) las cosas que nos resultan importantes.
Siendo yo muy joven, no niño pero si joven, en el momento preciso de formarme estéticamente como fotógrafo, tuvo a bien la casualidad (¿existe?) ponerme delante de los ojos, de las manos de un buen y culto amigo mío, bastantes libros que contenían imágenes de fotógrafos americanos.

Sobre todo de fotógrafos de naturaleza americanos.

Y no sé si fue la novedad de ver naturaleza en blanco y negro o las gigantescas montañas que yo entonces no conocía y aparecían en aquellas fotografías, el caso es que aquellos primeros libros fueron el comienzo de una especial predilección por la manera de entender la naturaleza de los artistas americanos.

 


Yo no soy un experto en la materia ni un historiador de la fotografía, pero sí que puedo apreciar, sobre todo en la fotografía de principio y mediados del siglo pasado una clara diferencia entre los fotógrafos americanos y las tendencias europeas o del resto del mundo. Por supuesto, teniendo en cuenta que la fotografía es una disciplina (¿arte?) relativamente joven y siempre vinculada a los países desarrollados donde es posible la adquisición de equipo con relativa facilidad.
En el mundo anglosajón, pero sobre todo en Norteamérica, se dan una serie de circunstancias que han contribuido a la creación de un sentimiento y una percepción singular del paisaje y el entorno natural.
No solo los fotógrafos, también los pintores que les sirvieron de inspiración (como por ejemplo la escuela del Río Hudson), los literatos (qué decir del maravilloso Walt Whitman) y una gran parte incluso de la población ilustrada se han visto influidos por el mito fundacional que en su mayoría se desarrolló en un entorno de grandes y espectaculares escenarios naturales, en los cuales el hombre no era sino una pequeña referencia y con una muy limitada capacidad de actuación.

 


A diferencia de la vieja Europa donde el paisaje ha sido modificado por el hombre durante siglos (podemos hablar de un paisaje antropizado) y en el cual el ser humano está omnipresente, América (en este caso el Norte y el Sur) aparece a sus nuevos pobladores (y me refiero a los que llegaron de Europa) como un grandioso escenario natural, virginal y en algunos caso, cruel.
Pero sobre todo no modificado por la mano del hombre (cosa que no hemos agradecido suficiente a sus originales pobladores).
Si a todo esto le añadimos el componente religioso, o por lo menos trascendente (tanto en América del Norte como en el resto del continente el papel de las diferentes religiones es fundamental para poder comprender en toda su complejidad las manifestaciones artísticas y culturales de todo tipo), tenemos algunos de los ingredientes más importantes para comprender las diferencias éticas y estéticas en la percepción de la naturaleza.

Algunos se estarán preguntando qué tiene todo este rollo que ver con las fotografías de cuatro chalados cuando recorren las montañas.
Pues aunque no lo creáis tiene mucho que ver.
Estados Unidos es sin duda uno de los lugares donde más (si no, el que más) se ha hecho para conseguir que la naturaleza sea percibida por la población como una obra de arte (en su caso de una manera trascendente, identificando al “Creador” de esta obra con Dios), no conviene olvidar que el primer parque nacional del mundo se fundó en Yellowstone en 1872 y aún hoy sigue siendo un modelo para todos los conservacionistas del mundo.

Si tenemos en cuenta que también es el país que ha encabezado la larga marcha de la fotografía desde sus comienzos a la actual consideración de las imágenes fotográficas como obras de arte, tendremos un bonito cóctel: es uno de los pocos sitios donde a algunos fotógrafos de naturaleza se les considera ARTISTAS (sí, con mayúsculas) y se les conceden las mayores distinciones del país, por ejemplo, la Medalla del Congreso a Ansel Adams, del que también hablaremos.

Esta me parece una buena introducción para el personaje del que vamos a tratar. Dejaremos algunas cosas que restan por contar de la fotografía americana para cuando traigamos a esta sección algún otro fotógrafo de esa misma procedencia, pero lo dicho anteriormente nos sirve para que podáis entender en toda su dimensión, que desde luego no es solo fotográfica, a BRADFORD WASHBURN.
Bradford tuvo una vida que prácticamente coincidió con el siglo XX (nació en 1910 y murió en 2007) por lo tanto pudo vivir en propia carne la evolución de sus grandes pasiones: la montaña, la fotografía y la geología.
Aunque, la verdad es que tendríamos que puntualizar un poco.
La montaña sobre todo en Alaska, que fue su gran pasión y donde realizó algunas de sus mayores hazañas, como la primera ascensión a la West Buttress del Mckinley que hoy se considera la ruta normal, o numerosas primeras ascensiones a picos espectaculares y salvajes.

La fotografía sobre todo aérea, en unas condiciones de gran dureza por el uso de cámaras inmensas (todas las imágenes aéreas que realizó fueron tomadas con placas de gran formato) y avionetas sin presurizar y con la puerta abierta.


La geología sobre todo la cartografía, y un gran afán de divulgación que le llevaron a escribir numerosos libros y a dirigir el Museo de la Ciencia de Boston durante prácticamente toda su vida profesional. Destacan en esta faceta sobre todo los exhaustivos mapas que realizó del Mckinley en Alaska y del Everest formando parte de la expedición de National Geographic de 1999 para calcular mediante GPS la altura del monte más alto de la tierra.

Pero yo no pretendo descubrir la figura de Bradford Washburn, ni de ningún otro de los que irán apareciendo en esta serie, en todas sus facetas profesionales y humanas.
Tan sólo destacar su trabajo como fotógrafo y sobre todo, despertar vuestra curiosidad y las ganas de investigar por vuestra cuenta a estos, u otros, personajes que el tiempo va alejando de nosotros.
La fotografía de Washburn es típica de una forma de captar la naturaleza que hoy en día no es habitual. El ojo del fotógrafo está educado, no solo en la estética del encuadre, también en el contenido de la foto. Como algunos pintores del XIX que eran geólogos o botánicos y su pintura era un reflejo de ello, aquí la mirada fotográfica de Washburn se carga de geología, de geografía física.
Sus fotos nos cuentan paisajes llenos de información y detalle. En sus imágenes pasan cosas, no al ritmo de una foto de reportaje o de deporte. El ritmo es geológico, infinitamente lento, pero lleno de actividad.
Sus glaciares están llenos de grietas y morrenas y rimayas y por eso sabemos que están vivos, en movimiento.
Sus rocas fracturadas, sus ríos con meandros, los cielos llenos de nubes.
Y todo eso con un increíble nivel de detalle fruto de sus originales en placas de gran tamaño.


En estos tiempos de digital que nos ocupa, hablar de placas es como mencionar al Tiranosaurius Rex. Pero, para el que no lo sepa (sobre todo los más jóvenes), cuando la fotografía consistía en impresionar una emulsión química, existían diferentes tamaños de película. El más habitual, sobre todo en montaña, era el formato universal (24×36). Para conseguir mayor detalle y saturación en las fotos usábamos los formatos medios (6×6, 6×7, etc.).
Y, después, venían las placas que no son un carrete como los anteriores, sino un soporte rígido. Por eso y por el gran tamaño de las cámaras este formato no era nada frecuente en la fotografía de naturaleza.
Bueno pues Bradford no solo empleaba este tipo de película y cámara, además en su mayor tamaño y desde una avioneta sin puerta y a muchos grados bajo cero.

Por eso la fotografía de Washburn es tan interesante y singular desde todos los puntos de vista, tanto técnicos como estéticos. Nos devuelve a un tiempo que con seguridad ya no volverá. Un tiempo en blanco y negro donde la fotografía era compromiso y esfuerzo físico, formación y gusto por las cosas bien hechas, conocimiento y sensibilidad, una visión renacentista del arte.
Y por último, no quiero dejar de recordar que cuando vi por primera vez en mi juventud estas fotos de Washburn, mi amigo me contó que para organizar la primera expedición española al espolón Cassin del Mckinley, de la que él formaba parte, había estado personalmente en el Museo de la Ciencia de Boston solicitando fotos de la vía, en concreto del couloir de los Japoneses. Como Washburn había fotografiado todo el espolón con su avioneta en un formato inmenso, pudo conseguir un detalle de ese tramo de la pared que por entonces solo se había repetido en muy pocas ocasiones.

De hecho Cassin había felicitado a Bradford Washburn porque fue en una de sus fotos donde descubrió la legendaria ruta del Mckinley que lleva su nombre y que por entonces estaba sin ascender.
Yo que entonces tenía la imaginación más calenturienta que ahora (si cabe) me imaginaba un personaje, medio loco medio héroe, volando en un trasto entre espantosas montañas y gigantescos glaciares, con una cámara de fuelle, colgando medio cuerpo fuera de una avioneta.
Y eso que entonces todavía no conocía lo que es ser piloto en Alaska y hacer fotos en montaña con una cámara de placas.
Por eso cuando hace poco encontré un libro de fotografías Bradford Washburn en una librería de Quito (Ecuador) rodeado de libros para turistas tuve esa alegría íntima del que sabe que a conseguido una pequeña joya. Y pensé, como dice Luis Sepúlveda en su libro Patagónica Express:
“…y yo supe que por fin se había cerrado el círculo, pues me encontraba en el punto de partida del viaje…”
Quizás por eso, sin saberlo, lo he elegido a él para comenzar la serie.

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